Para dirigir es imprescindible ser libre, sentirse libre en el
equipo o grupo humano que uno dirige. Hay que tener las
manos sueltas, sin ataduras personales con la gente de nuestro
equipo para evitar una pérdida de libertad a la hora de
tomar decisiones. Es frecuente que muchos jefes, a la hora de
tomar decisiones que consideran buenas para la organización,
piensen: «¿Esto cómo le sentará a fulanito?». Y si concluye
que le va a sentar mal cambia de decisión. Así, toma decisiones con la condición de que no sienten mal a alguien del equipo.
La consecuencia de este comportamiento va a ser que esa
persona a la cual el jefe no quiere molestar, de alguna forma,
estará dirigiendo ese equipo humano.
Esto se da mucho, bastante más de lo que se cree. La
dirección de personas está muy condicionada por el «qué
dirán algunos de mis colaboradores», incluso en esos jefes
que se creen auténticamente libres. Hay otras formas de perder
libertad como hacer «camarillas» con los colaboradores o
tener actitudes que van contra la ética empresarial. Por ejemplo,
una persona le dice a su secretaria: «Si me llama mi jefe
le dices que estoy con un cliente; si dice que me llames lo
haces a casa o al club social». A partir de ese momento, aunque
no llame el jefe, esa secretaria tiene amordazada a esa
persona. Sabe cosas que pueden dañarle. Y, lógicamente, esa
persona ha perdido libertad para dirigir puesto que lo hará
condicionada por su secretaria.
Hablar mal de los superiores con nuestros colaboradores
es otra forma de incapacitarnos, de perder nuestra autoridad:
si como jefe hablo mal de mis jefes, ¿por qué no van a hablar
mal de mí mis subordinados? Muchas veces decimos que
dirigir es genético, que es un arte, que se nace con ello...
Desde luego, si uno se dedica a erosionar su libertad y autoridad,
no es que dirigir sea un arte, es que es un milagro. ¿O
no? Es curioso que se presuma tanto de la propia condición
de jefe.