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CONSIDERACIONES EN TORNO A LA COHERENCIA

Actualmente, la coherencia está en boca de unos, de otros y de los de más allá. En realidad, no sé por qué. No caeré en el derrotismo de decir que, al no vivirse casi nunca, ocurre como con todo lo que escasea: que se valora más. Pero aunque no caiga en semejante derrotismo, quizá haya algo de eso. Algo que podría explicarnos el auge de la coherencia podría ser que en EE.UU. se habla mucho de coherencia en la empresa. Todos sabemos la influencia de la cultura empresarial americana en las demás culturas. La coherencia ha lle-gado a ser una de las condiciones que todos los entendidos en la materia —los gurús— estiman imprescindible en un líder.

Y a todos nos gustaría ser un líder o, al menos, tener líderes en nuestras organizaciones.

La persona coherente puede ser rechazada a primera vista o tal vez a medio plazo. A veces lo natural, lo normal, asombra por su infrecuencia. El rechazo produce malestar, pero la persona coherente no cambia por el «qué dirán», cambia porque determinadas ideas le convencen de que debe cambiar.

Por tanto, ser coherente no es ser inflexible. Los que intentan vivir la coherencia sufren presiones para que cambien y resistir no es una capacidad que tengan todos. Mientras se dan esas presiones la persona coherente va generando credibilidad en las que le rodean, porque la gente comprueba que procura vivir según unas ideas que no se venden al mejor postor.

Se termina viendo que la persona coherente no tiene una máscara sino que es así, como se muestra ante todos, y si cambiara de empresa seguiría siendo así.

El hipócrita, en cambio, pretende adaptarse a las situaciones muy bien, se acomoda y modifica su comportamiento dependiendo de quien le rodee. Muchas veces quiere ser el centro de todas las reuniones y cuenta con un nutrido catálogo de justificaciones para todos sus errores. Sabe vender su imagen y al principio es aceptado e incluso goza de credibilidad, pero, al poco tiempo, la gente se da cuenta de que tiene dos caras y deja de ser requerido, no genera ninguna confianza.

Si tiene mando o poder en el organigrama, los demás procuran comportarse, guardar las formas delante de él. Él lo percibe con dificultad, porque está acostumbrado a eso: ¿qué hace una persona hipócrita sino guardar las formas? Cuando cambia de empresa intenta adaptarse al nuevo ambiente, pero no sólo de modo profesional sino también ideológica y estéticamente, lo que sea con tal de no ser rechazado. Suele tener cambios bruscos en sus opiniones según el ambiente en que se mueve. Es ponderado, equilibrado, maduro si está hablando con tal persona... pero dice todo lo contrario si está hablando con otra. Lógicamente, a largo plazo, los que le rodean perciben estos comportamientos.

El hipócrita termina generando miedo en los demás ya que, al no tener ideas propias, nunca se sabe con certeza sus reacciones. Suele pertenecer a un grupo de personas que reúnen las mismas peculiaridades que él, siendo su característica más destacada a priori la notoriedad de que son personas huecas, vacías. Hacen daño a la empresa porque, a la larga, son una rémora por su vaciedad y por poner todos sus intereses en lo que les interesa a ellos antes que en lo que es bueno para el equipo. Se comprende, pues, que en la empresa se diga que la coherencia genera confianza y es una de las características del líder.


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