Durante siglos, la actuación profesional de los abogados
y los médicos apenas ha estado sometida a alguna responsabilidad
jurídica. Nadie cuestionaba que pusieran todos lo
medios a su alcance para ayudar a sus clientes y pacientes.
Sólo tenían una responsabilidad ética ante ellos mismos, la
que les llevaba a ponderar si realmente habían puesto todos
los medios o no al ejercitar su trabajo. Las cosas han cambiado
desde hace tiempo, pero si buscamos detenidamente podemos
encontrar, al menos, una situación que recuerda a la de
los abogados y médicos de antaño: la actuación personal (no
técnica) del jefe.
El jefe, salvo situaciones excepcionales, no puede ser
denunciado por su modo de proceder, a pesar de que con ciertos
comportamientos puede provocar mucho daño a sus subordinados,
tanto en el plano laboral como personal. Por
ejemplo, puede humillar o presionar psicológicamente a las
personas que tiene a su cargo. En casos extremos, puede
incluso llegar a hacer enfermar por depresión a algún subordinado.
Aunque lo normal es que no se llegue a coyunturas
tan drásticas, no está de más recordar que de la actuación del
jefe depende el crecimiento profesional de las personas de su
grupo y, por lo tanto, los estudios de sus hijos, la casa donde
viven, etc.
Las empresas piden cuentas al jefe de su actuación técnica,
pero no de su actuación personal. Ahora bien, si no existe
una dimensión jurídica que regule su actuación personal, ¿existirá, al menos, una dimensión ética? ¿El jefe se pedirá
cuentas a sí mismo en el plano moral? Es muy probable que
no. Y lo peor es que ni se percatará de sus errores: al contrario,
pensará que está cumpliendo perfectamente como jefe
porque el departamento «va hacia delante». Se trata, por
tanto, de un aspecto del que es difícil percatarse, al menos
mientras la empresa o el departamento cumplan con unos
objetivos «técnicos». Es por eso muy posible que el jefe no
se plantee cómo irían el departamento o las ventas si cambiara
su actitud con los demás, de modo que para sus colaboradores
trabajar no sea sinónimo de aguantar o marcharse, con
la frustración profesional que implica esa alternativa.
Una misma persona puede ser un gran técnico y un pésimo
jefe. Mientras se le nombre jefe sólo por su capacidad
técnica, el problema no tiene solución. Ser jefe es algo no
reductible a capacidades técnicas: implica una dimensión
moral que tarde o temprano repercute en el funcionamiento
de la empresa. En este sentido, advirtamos ya que la falta de
preparación ética de los jefes para el mando es uno de los
grandes problemas que enrarecen el clima laboral de las
empresas y afectan, tarde o temprano, a sus resultados.