ACEPTAR UN ASCENSO, ¿SIEMPRE?

Existe la mentalidad de que un ascenso es una oportunidad que nunca se debe despreciar, porque supone el final de una etapa de mucho esfuerzo y sacrificio. En la mayoría de los casos puede que sea así, pero existen situaciones en las que hay que tener en cuenta una serie de circunstancias antes de aceptar.

Es sabido que, algunas veces y en algunas corporaciones, no te dan la opción de decir que “no”: sencillamente no existe esa posibilidad. Esta política se aplica sistemáticamente en las empresas que utilizan sistemas que se conocen como up or out: o asciendes o a la calle. Lógicamente, en estos casos hay poco que pensar, salvo que la nueva posición ponga en peligro la vida familiar. Por el contrario, en otras ocasiones sí existe la posibilidad de decir que “no” y rechazar el ascenso. En estas circunstancias, es bueno ser prudente y analizarlo detenidamente.

Ante un ascenso, habrá que pensar si la persona que estaba antes en esa posición vivía de una manera razonable, o si ese estilo de vida es lo que quiero o me conviene a mí. Hay ascensos que implican largas y frecuentes estancias en el extranjero o muchos fines de semana fuera de casa. No todo el mundo tiene una vida familiar, que sea capaz de aguantar ese estilo de vida. 

Por otro lado, hay que saber si se tiene la fortaleza psicológica suficiente para aguantar el ritmo de vida de mi predecesor. Pensar que adquiriré la fortaleza necesaria conforme vaya desarrollando mi nuevo cargo es, sencillamente, un planteamiento muy arriesgado y, en general, ingenuo. Si hasta ahora me ha costado gestionar las situaciones de stress, lo normal es que con más responsabilidad me siga costando, al menos, lo mismo que antes. Si hasta ahora mi vida personal y familiar se resentía en los momentos de más carga de trabajo, lo previsible es que siga sucediendo y quizá con más frecuencia. 

Es paradójico: en la sociedad del bienestar donde la calidad de vida es uno de los valores más cotizados, tantas personas toman decisiones profesionales que les llevan directamente a una calidad de vida por debajo del nivel de supervivencia. ¡Cuántas personas huyen de las incomodidades en tantos ámbitos de la vida y encuentran esas mismas contrariedades en su posición profesional, elegida con total libertad! Y todo por una ambición profesional desbocada… 

Otras veces un ascenso es una forma de quitarse a una persona de en medio. Puede sonar fuerte, pero es así. Todo el mundo sabe que esa posición no es para él o ella, incluidos sus jefes. Por la razón que sea, esa persona está empezando a ser molesta para gente con poder en la compañía. 

¿Cómo quitárselo de encima? Proponiéndole un ascenso: si no lo acepta, se le ha callado para siempre. Ya se sabe: “tuviste la oportunidad y no la cogiste”. Si acepta el ascenso y no sirve, el consabido “no supiste aprovechar la oportunidad”.

Existen preguntas que sólo podemos respondernos nosotros mismos. ¿Soy capaz de llevar ese equipo de trabajo? ¿Tengo condiciones para mejorar lo hecho anteriormente en este departamento? ¿Estoy en preparado para dar lo que se espera de mí? Nuestros límites reales y nuestro estado de ánimo en determinadas circunstancias pertenecen a la esfera de nuestra intimidad más profunda. Si existe un conocimiento propio adecuado, las respuestas a estas preguntas influirán en la decisión tomada finalmente. 

Una persona que es capaz de pensar con frialdad en un proceso de promoción, en un despido o en coyunturas similares, demuestra  que tiene la cabeza bien amueblada, y que sabe lo que quiere en la vida. 

Luego se puede decidir que sí o que no, según la ponderación que cada uno haga a todas las variables analizadas. Lo que no se puede hacer ante una proposición de este estilo, es decidir de antemano, no pensar y decir que sí alocadamente. Las decisiones importantes en la vida hay que pensarlas y decidirlas. 

Evidentemente, toda decisión implica información y riesgo. Si después de ponderarlo todo, se toma una decisión equivocada, no hay que echarse la culpa: el hombre es un ser que se equivoca. Lo que no es admisible en un directivo es la precipitación por falta de cabeza, por ambición, por vanidad o por vaciedad personal.

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