EL TRABAJO COMO HUÍDA

La ambición profesional tiene la capacidad de cegar de una manera llamativamente extraordinaria. Por tanto, no está de más repetir que el trabajo es un medio, no un fin. Decimos que no está de más, porque las frustraciones que provienen de considerarlo un fin, están siendo cada vez mayores.
Es cierto que el mundo empresarial tiene un atractivo grande, sobre todo en determinados momentos de la carrera profesional. Viajes, conocimiento de personas de diversas culturas, halagos y logros, retribuciones variables apetitosas, la posibilidad de promoción y, por tanto, de poder e importancia. Ver cómo uno mismo se está realizando en su vida profesional es una satisfacción muy profunda para el ser humano. Como es lógico, todo esto tiene mucho tirón, sobre todo a ciertas edades y en ciertos caracteres.
Pero hay que tener cuidado, porque aunque todo lo anterior sea totalmente cierto, el trabajo no deja de ser un medio. Aquí va un ejemplo sacado de una conversación con una alta directiva: “He dedicado mi vida a la empresa, no he tenido hijos, tenía que rentabilizar mis estudios, mi formación, mis cualidades. Tengo 43 años me acaban de echar de la empresa. Soy una parada. Y lo que es peor, no encuentro ningún trabajo que me ofrezca un nivel similar al que tenía antes. No sé qué hacer: bajar de posición es muy difícil.”
Muchas personas cuando empiezan a vislumbrar un posible fracaso en su vida personal se refugian en el trabajo. Esta actitud, tan común en nuestra época, es un error. En vez de intentar poner solución, con cabeza y con esfuerzo en su vida personal, dejan que ésta discurra, mientras ellos centran su vida en lo profesional. Son personas que cabalgan hacia el abismo y, en vez de tomar las riendas para cambiar el rumbo, deciden dejar al caballo desbocado que les guíe donde quiera. Y para no ver el final del camino, para no ver el abismo, cierran los ojos. Para ellos la manera de ser feliz es no pensar en los problemas personales. ¿Cómo se consigue esto? Pensando en otra cosa. ¿En qué? En el trabajo.
Toman el trabajo como una manera de huir de la realidad. Creen que éste les va a llenar la necesidad de hacer cosas grandes en la vida que todo ser humano tiene. Con “ese refugiarse” lo que están haciendo es lo mismo que hacen lo niños cuando tienen miedo. Se tapan la cabeza con la almohada: lo que no ven, no existe. Metidos en el trabajo, parece que los otros problemas desaparecen. Y, mientras, los problemas no sólo no desaparecen, sino que aumentan. Cada vez el caballo más cerca del abismo. ¡Cuanta gente no tiene un trabajo, sino un escape!
“Horas y horas de dedicación”, dicen a su equipo. “Quien no las eche, no vale.” Cualquiera que nos lea sabe de qué estamos hablando. Y después, ¿qué ocurre? Todos aumentarán el número de horas, algunos más y otros menos. Pero, en el momento en que haya un cambio en la dirección o no se cumplan presupuestos, tanto los que han echado muchas horas como los que han echado menos, si tienen que salir de la empresa, salen el mismo día y por la misma puerta. La frustración es tremenda: “pero si lo he dado todo ¿cómo es que prescinden de mi?” Es muy duro.
Pero resulta mucho más duro para aquellos que utilizaban el trabajo como un medio para huir, en este caso huir era el fin. Además de perder el empleo, ya no tienen excusa para enfrentarse con sus problemas personales. Es, otra vez, una auténtica bofetada de realidad. No tienen a qué agarrase. Resulta mucho más trágico si además se ha cometido una injusticia con su despido. En el fondo, siempre que se utiliza el trabajo como un medio para algo –en este caso huir- se está buscando uno a sí mismo y eso siempre termina en la nada, en el vacío.


2013